LA RANA QUE NO PUDO REACCIONAR


Érase, una vez, una linda ranita que se encontraba en las inmediaciones de un gran humedal, dando eufóricos saltos primaverales, al tiempo que lanzaba al universo su croar acompasado y melodioso (según ella).

Con rebeldía adolescente recién estrenada, acababa de emprender el camino hacia la libertad soñada. ¡Nunca más, en el aburrido y monótono charco materno!
¡Nunca más, sometida a normas y costumbres rutinarias y absurdas! Había llegado la hora de vivir en libertad, de luchar por la subsistencia, de superar miedos y bobas precauciones infundadas. Era el tiempo de la vida.

Pasaron varios soles y lunas de disfrute. Todo le sonreía. Los compañeros de camino eran amables y divertidos. La comida, fácil, al alcance de la boca. Las aguas de las nuevas charcas, frescas y reconfortantes. La cama, mullida alfombra de suave musgo.

Más he aquí que, sin saber cómo, un día, se encontró dentro de un recipiente, lleno de agua limpia, en un lugar desconocido. Subió a la superficie a estudiar su situación. Los sonidos eran extraños. No sabía decir si mejores o peores, desconocía aquel lenguaje. Eran diferentes, eso. Otras melodías, otros ruidos, otras sensaciones. No se alarmó. Dudó, solo un momento, entre dar un gran salto y escapar o adaptarse al nuevo mundo. Decidió vivir las nuevas experiencias.

(La pequeña rana no podía saber –porque sólo sabemos lo que pre-sabemos- que se encontraba en una olla dispuesta para ser cocinada por sus raptores, a fuego lento, muy lento)

La ranita empezó a disfrutar de la tonalidad tibia que el agua iba adquiriendo, al contacto con el leve fuego. Se relajó, extendió sus patas y sus dedos cuan largos eran, dejando que cada milímetro de su piel se impregnara de aquel bienestar tan dulce. Recordó aquella tarde de otoño cuando, acompañada de sus hermanitos y saltando tras su madre, llegaron a un pequeño charco, en el que apenas cabía el sol entero. Estaba tan dulcemente caliente, que no quisieron salir de él hasta que entró la luna.

Ahora, el supuesto sol no se marchaba del agua, ni llegaba la luna a enfriarla. Al contrario. La temperatura se hacía cada vez más agradable. Le entró sueño, mucho sueño. Un dulce sueño verde, azul y rosa, en el que daba un gran salto, hacia un no se sabe dónde. Un salto lento e infinito, con pérdida de gravedad. Un salto definitivo, sin retorno.

Y así finalizó sus felices días aquella rana, con sed de libertad, que fue cocinada, a fuego muy lento, por unos malvados raptores, conocedores de las dificultades que supone cocinar ranas echándolas al agua hirviendo, porque reaccionan y saltan indignadas, de forma imparable, haciendo imposible su manejo.


Fuente: Jing Chi Shen

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